martes, 5 de julio de 2011

Blackberry, para comunicacion o para vicio?

Muchos de los que son de nuestra época (más de 30 menos de 50), no supieron lo que era tener un teléfono en su hogar hasta que no fueron bien adultos. La tecnología no nos había dado los agradables golpes ni las valiosas oportunidades que le ofrece a la juventud de hoy.
Todavía recuerdo el teléfono negro de disco y el adelanto que fue el de teclas. Recuerdo, además, cuando CODETEL, con gran algarabía, anunciaba la llegada de los teléfonos residenciales a colores.



Luego, laborando en esa compañía, también viví cuando allí sólo algunos altos ejecutivos poseían aparatos celulares, y eran de aquellos de tamaño gigante, que pesaban como unas cinco libras.
El tiempo fue corriendo y mi resistencia a tener un celular fue vencida cuando ya muchos disponían de los modelos del momento. Confieso que me vi obligado a abandonar mi útil beeper.
Ya en el mercado estaba el StarTac, de Motorola, para muchos, el mejor celular convencional de todos los tiempos. El StarTac era un aparato inalcanzable para la mayoría y resultaba bueno para echar vainas, pues en su introducción costaba hasta alrededor de 18 mil pesos.
Mucha gente no se da cuenta que las necesidades las va creando el mercado, y muestra de ello es que ya pocos nos resistimos a pasarnos un par de horas sin un celular o sin el internet. Por ejemplo, algunos dicen: “¿Y si pasa algo y no me localizan?”. Bueno, pero antes, si pasaba algo y había que darle una mala noticia, usted no se enteraba quizás hasta llegar a su casa, o a menos que alguien lo localizara, y así la vida seguía su agitado curso.
Hace apenas cinco años, para no irnos muy lejos, pocos sospechaban que llegaría un aparato que convertiría (casi las 24 horas del día) a los jóvenes y a muchos adultos en una especie de vegetales andantes, en unos idiotas o “blackburros”. Nos referimos al BlackBerry. A quien no tiene uno, se lo echan en cara, lo tildan de obsoleto, de quedao, de old fashioned. Es una obligación poseerlo, aunque usted gane 8 mil miserables pesos al mes, y de estos, 2 mil quinientos vayan a parar a una compañía telefónica.
Aceptamos que quien pueda pagar, necesite o deba tener un aparato telefónico moderno, no vacile en adquirlo, pues la buena vida en parte se compone de darnos los gustos que nos permitan nuestras posibilidades económicas. Por eso dicen que hay ricos más miserables que un pordiosero, ya que son capaces de tenerlo todo del modelo más obsoleto, con tal de no gastar, y eso no es ser rico, feliz y afortunado, sino un amasador de fortunas para los biznietos.
Ahora bien, el BlackBerry se ha convertido en una “enfermedad” que no mata, pero si afecta mentalmente a muchos individuos. No hay forma de que usted pueda compartir tranquilo con siete de cada diez personas, pues se la pasan tecleando. Quien está con usted, se la pasa hablando mediante mensajes con otros allegados y cuando está con ellos, entonces no dude que se comunica con usted, si dispone de un aparato similar.
Los jóvenes de hoy se preocupan sobremanera por estar a la moda, aunque economicamente no puedan, y por eso creen obligatorio tener un BlackBerry. Ahora bien, muchos, por no decir la mayoría, no se están preparando para el desafío que representa hoy día el mal vivir, pues lo que se llama vivir bien sólo unos pocos lo están logrando. Señores, hay que decirlo, el mercado laboral en nuestro país da grima, pero mucho más provoca el hecho de la gran cantidad de profesionales que salen a las calles a josear un trabajito de quinta categoría, muchas veces alejado de la profesión que estudiaron.
En fin, todo el que quiera poseer un BlackBerry, o uno de esos aparatos que hasta eruptan si usted acaba de comer una deliciosa comida chatarra en uno de los importados restaurantes, felicidades. Es más, tenga dos celulares, como hacen algunos, pero también saque tiempo para alimentar la mente, para prepararse y ser competitivo, so pena de que cuando se le quite la fiebre tecnológica, no sea un profesional más, uno del montón, un zoquete con un título debajo del brazo, por no decir un ñame graduado.

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